Hearth and Hamlet empieza con algo muy sencillo: una fogata, unos cuantos habitantes y recursos que necesitas conseguir para empezar a levantar tu pueblo.
De ahí vas creciendo. Más trabajadores, nuevos edificios, comida, madera, piedra, comercio, leyes, impuestos, ejército y una ciudad que poco a poco empieza a ocupar buena parte de la pantalla.
Sobre el papel suena como un city builder bastante tradicional, pero realmente está mucho más cerca de un incremental con gestión. Aquí buena parte del juego consiste en producir recursos, invertirlos en una mejora para producir todavía más y repetir.
Y al principio funciona bastante bien.
El problema llega cuando tu pueblo crece y te das cuenta de que llevas demasiado tiempo con el dedo pegado al mouse viendo subir números.
Al principio haces clic porque quieres. Después porque necesitas avanzar
Durante las primeras horas, recolectar recursos manualmente no molesta demasiado.
Todo avanza rápido, constantemente estás desbloqueando algo y ver cómo esa pequeña fogata empieza a convertirse en un pueblo tiene bastante encanto.
Pero mientras más crece la ciudad, más tardan en llegar los recursos que necesitas para la siguiente mejora.
Y ahí el clic empieza a cansar.
Si quieres acelerar la producción puedes mantener presionado el botón del mouse y ayudar a generar recursos, pero llega un punto donde básicamente estás viendo crecer números mientras mantienes el clic apretado.
No es precisamente emocionante.
La alternativa es dejar que los trabajadores hagan su trabajo y tener el juego abierto en segundo plano mientras haces otra cosa. Y durante buena parte de mi partida terminé jugando justamente así.
Gestionar trabajadores sí tiene algo de gracia
Eso no significa que todo funcione en automático.
Los trabajadores tienen que distribuirse dependiendo de lo que necesites en ese momento. Si la siguiente mejora pide una enorme cantidad de madera, probablemente terminarás moviendo gente hacia esa producción. Si después necesitas piedra o comida, toca volver a reorganizar.
No llegué a quedarme sin recursos por administrar mal la ciudad, pero sí pasaba constantemente después de comprar mejoras importantes.
Y eso forma parte del ciclo.
Produces, gastas, reorganizas trabajadores y vuelves a producir.
El problema es que después de varias horas el ciclo sigue siendo prácticamente el mismo, solo con números más grandes.
Las leyes son bastante más interesantes
Donde Hearth and Hamlet consigue meter un poco más de decisión es con las leyes, los impuestos y la moral de los habitantes.
Aquí sí hay sistemas que hacen que no todo sea simplemente esperar a llenar otra barra de recursos.
Puedes empezar a tomar decisiones sobre cómo funciona tu asentamiento y cómo afectan esas medidas a la población, y es uno de los apartados que mejor encaja con la idea de ver crecer un pequeño pueblo hasta convertirse en algo mucho mayor.
El comercio también aparece conforme avanzas y funciona bien, aunque tampoco hace algo especialmente sorprendente.
Cumple con lo que esperas de él.
El ejército parece metido porque alguien dijo que faltaban soldados
La parte militar fue de lo que menos me gustó.
Tienes que dedicar recursos a mantener un ejército y prepararte para los ataques, pero ni siquiera puedes ver realmente cómo se desarrollan esas peleas.
Todo ocurre de una forma bastante distante.
Y eso hace que el ejército se sienta más como otra esponja de recursos que como una parte emocionante del crecimiento de tu reino.
Vienes de administrar trabajadores, producción y mejoras de una forma bastante relajada y de repente tienes que empezar a destinar recursos a soldados para resolver combates que prácticamente suceden fuera de tu vista.
No termina de encajar.
Más que añadir tensión, en mi caso simplemente estorbaba.
Es relajante. Quizá demasiado
No tuve grandes crisis económicas.
No estuve arrancándome el cabello porque mi ciudad se estaba muriendo de hambre.
Tampoco tenía que estar revisando veinte menús diferentes para descubrir qué estaba pasando.
La interfaz es clara y el juego hace un buen trabajo explicando sus sistemas, así que incluso cuando el asentamiento empieza a crecer sigue siendo bastante sencillo entender qué necesitas y dónde conseguirlo.
Y para quien busque algo tranquilo, eso puede ser justamente lo que quiere.
La música también acompaña muy bien. Es relajada, agradable y encaja perfectamente con tener el juego abierto mientras observas cómo trabaja tu pequeño reino.
El problema es que Hearth and Hamlet puede llegar a ser tan relajado que termina sintiéndose demasiado pasivo.
No cerraba el juego pensando en qué iba a construir mañana.
Lo dejaba trabajando mientras hacía otras cosas.
Hay una diferencia.
Al menos verlo crecer es precioso
Visualmente, Hearth and Hamlet tiene muchísimo encanto.
El pixel art es bonito desde el primer momento y una de las mejores recompensas es simplemente ver cómo el mapa va cambiando conforme construyes.
Empiezas prácticamente con nada y poco a poco aparecen casas, edificios, caminos y habitantes moviéndose por todas partes.
Aunque el gameplay termine repitiendo el mismo ciclo, visualmente sí existe una sensación clara de crecimiento.
Y técnicamente tampoco tuve problemas.
Es un juego bastante ligero y durante mis partidas funcionó sin complicaciones, sin errores importantes ni problemas de rendimiento que molestaran la experiencia.
Lo mejor
- El pixel art es precioso.
- Ver crecer el pueblo tiene mucho encanto.
- Las leyes, impuestos y moral añaden decisiones interesantes.
- La interfaz es clara y fácil de entender.
- Gestionar trabajadores dependiendo de tus necesidades funciona bien.
- La música acompaña perfectamente su ritmo relajado.
- Técnicamente es un juego muy ligero y estable.
Lo peor
- El clic manual termina cansando conforme crece la ciudad.
- La recolección puede hacerse demasiado lenta.
- Después de varias horas el ciclo es prácticamente el mismo con números más grandes.
- El ejército consume recursos, pero las peleas se sienten demasiado alejadas del jugador.
- Puede terminar siendo demasiado pasivo.
Veredicto Neutral Game
Hearth and Hamlet es bonito, relajante y bastante agradable para tener abierto mientras ves crecer tu pequeño reino.
La gestión funciona, las leyes aportan algo más de profundidad y visualmente es difícil no disfrutar viendo cómo una fogata termina rodeada por toda una ciudad.
Pero su naturaleza incremental termina pesando demasiado.
Conforme avanzas, conseguir recursos tarda más y la solución para acelerar las cosas muchas veces es simplemente mantener presionado el mouse mientras ves subir números. La ciudad crece, pero la forma de jugar no cambia demasiado con ella.
El ejército tampoco termina de convencer y se siente más como otra forma de gastar recursos que como una parte realmente interesante de la gestión.
Es un buen juego para relajarte y dejarlo funcionando de fondo durante un rato.
Solo que probablemente no sea uno de esos pueblos que te quiten el sueño cuando cierres el juego.